sábado, 22 de agosto de 2009



Cuando era pequeña las tardes de verano eran las del organillero. Un carromato de colores vivos repleto de niños harapientos encaramados, un hombre con sombrero y camisa blanca, de hablar extraño y de edad indecible, accionando la manivela, y mi preferido, un pequeño mono de ademanes nerviosos y ojos vivos atado a una cadena , un mono principesco vestido de puntillas y con una diminuta chaquetilla.

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